SAN JOSÉ DE ARIMATEA Y SAN NICODEMUS Y SAN JUAN APÓSTOL Y EVANGELISTA
Parroquia de San Francisco de Asís
domingo 27 de febrero de 2000
I Aniversario de la Bendición Solemne del Santísimo Cristo de la Caridad
Narrador:
Luis López Bennet
José de Arimatea:
Ernesto Chacón Miras
Nicodemus:
Manuel Arana Castillo
Juan Evangelista:
Francisco Valdivia Casas
Coro:
Cuarteto Canticorum
Soprano: María de los Reyes Pérez Sánchez
Contralto: Begoña Martínez Martínez
Tenor: Horacio Pedraza Martínez
Bajo: Javier Martínez Martínez
Muñidor:
Gabriel Martín Gázquez
Acólito:
Juan José Soler Alonso
Procesión de Entrada: Acólito y muñidor acompañan hasta el altar al narrador y al resto de los personajes. Ellos marchan hacia la sacristía.
NARRADOR:
Todo esta cumplido. E inclinando la cabeza entregó el espíritu. Aquel sábado tan solemne, día de la preparación para los judíos, pidieron a Pilato que para que no quedasen los cuerpos en la cruz les quebrasen las piernas y los retiraran. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanzada y al instante salió sangre y agua. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura:
No se le quebrará hueso alguno.
Mirarán al que traspasaron.
Después de esto un varón de nombre José, ilustre consejero del sanedrín, hombre bueno y justo, que no había dado su consentimiento a la resolución y a los actos de aquellos, (originario de Arimatea, ciudad de Judea), que esperaba el reino de Dios, se presentó, aunque en secreto por temor a los judíos, a pedir al Procurador de Palestina Poncio Pilato, el cuerpo de Cristo, - tras su muerte en la Cruz- para darle sepultura.
El muñidor trae hasta la mesa del altar la cabeza de José de Arimatea.
JOSÉ DE ARIMATEA:
La Verdad Señor, sólo la Verdad.
No hay más camino que el sepulcro, se consumió la vida.
¿Dónde iremos si a donde tú te marchas nadie puede en esta hora acompañarte?
Sólo nos queda la Verdad terrible de tu muerte dolorosamente cierta.
La Verdad de tu cruz. Pesebre oscuro de la muerte.
La Verdad de tu costado abierto, Señal de luz guiándonos en la noche.
Junto la soledad de un cuerpo lívido y vacío envuelto en pañales de tristeza.
Junto a la paz de tu sangre detenida.
¿A dónde iremos, si sólo Tú Señor, tienes palabras de vida eterna?
¿Por dónde iremos si desapareció el camino entre abrojos y bosques de pecados?
¿Con quién iremos si la muerte sólo tiene un pasajero?
La Verdad. Sólo nos queda la Verdad desnuda entre la cruz y un sepulcro vacíos.
El Getsemaní donde los justos duermen mientas el Padre llora su soledad más triste.
El sueño de Lázaro y de la hija de Jairo y del joven de Naín sin que nadie pueda ahora despertarlos.
Yo sé que el mismo Dios que los volvió a la vida te dará mañana la Resurrección. Pero esta noche, Santísimo Cristo de la Caridad no hay otro camino que el de un sepulcro para enterrar la vida.
La Verdad. Sólo la Verdad nos queda.
Junto al dolor postrero de tu hermoso cuerpo desplomado, a nosotros tus hermanos de esta Hermandad sólo nos queda la verdad de tu muerte cierta e irremediable.
Cuarteto Canticorum: ¡OH ROSTRO LACERADO! J.S. Bach
¡Oh rostro lacerado, del divino Señor!
De espinas coronado, transido de dolor
¡Oh rostro establecido, de tan radiante luz!
¡Oh rostro escarnecido, te adoro buen Jesús!
NARRADOR:
Junto a él otro sacerdote, Nicodemus, quien trajo una mezcla de mirra y áloe, como unas cien libras. Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús y lo fajaron con vendas y aromas, según es costumbre sepultar entre los judíos, envuelto en un sábana lo trasladaron hasta un huerto que había cerca del sitio donde fue crucificado, y en el huerto un sepulcro nuevo.
El muñidor trae hasta la mes del altar la cabeza de Nicodemus.
NICODEMUS:
Rabí, caminando contigo hasta el sepulcro volví a nacer de nuevo.
Nadie puede vivir ni morir como lo hiciste Tú si Dios no está con El.
Yo ahora sé que Tú eres el Dios de la Vida y que la amaste tanto que te hiciste hombre para traernos el bien, la salud, el perdón, la convivencia y la paz.
Por fin me has revelado lo que es nacer de la carne y del espíritu, en el cristal de tu cuerpo exánime donde tu muerte no es la consecuencia inútil de una rebeldía, ni la razón de una desesperanza, ni el despojo de una derrota, ni una claudicación, ni siquiera una emoción piadosa.
Tu muerte es un camino, el único posible, para vivir el amor cómo el valor último y absoluto que da sentido y plenitud a toda la vida humana.
Cuarteto Canticorum: DÍLIGAM TE, DOMINE. P. Mussorgsky
Díligam te, Dómine, virtus mea
Dóminus firmamentun meun
et refugium meun.
NARRADOR:
Junto a ellos las mujeres que estuvieron al pie de la cruz, que no temieron, que no huyeron, que creyeron y fueron fieles al maestro hasta el final, María Magdalena, María Salomé, María de Cleofás y María Santísima, madre de Cristo y madre de todos los hombres, angustiada y sumida en las profundas penas que debieron invadir su alma, acompañada de Juan, el discípulo amado, único en seguir a Jesús hasta los últimos instantes de su presencia humana en la tierra.
El muñidor trae hasta la mesa del altar la cabeza de Juan.
JUAN:
Santísimo Cristo de la Caridad, hermano mío, en el dolor más agudo de tu muerte, ante tu cuerpo exánime sigo con fe esperando a Dios.
El Dios que expulsamos un día de nuestro paraíso porque nos dio la libertad de escoger entre la muerte y El y hoy Tú eres la consecuencia suprema de esa muerte que escogimos.
El Dios que es la Luz verdadera que prendió la vida y que nosotros despreciamos apagando el cirio encendido de tu cuerpo porque preferimos seguir viviendo en las tinieblas de la muerte y el pecado.
El Dios al que nadie vio jamás antes que Tú y que sólo alcanza a ver quien te vio a tí aunque incomprensiblemente sigamos ocultando su imagen a nuestros ojos con tu muerte día tras día renovada.
La muerte que desfigura tu rostro, calla tus labios, taladra tus manos y traspasa tu corazón.
El Dios que está en todas partes y no lo conocemos.
El Dios que vuelve siempre y no lo recibimos.
El Dios que habita allí donde habita la bondad del hombre y que acude siempre que nuestra fe lo llama.
El Dios que nos hizo a su imagen y semejanza, luz que no se apaga, carne que no muere.
El Dios que llora esta noche aquí a tu lado porque, Santísimo Cristo de la Caridad, hermano mío, hoy estás muerto y seguirán muriendo mientras nosotros a pesar de haberte conocido vivamos en las tinieblas del pecado y de la muerte y despreciemos la luz de la gracia y de la vida.
El Dios que quiere quedarse a vivir para siempre con nosotros, que está llamando a nuestra puerta y no lo dejamos entrar.
El que si hubiera estado ya aquí, Santísimo Cristo de la Caridad, ni habrías muerto en el Calvario, ni seguirías muriendo en tus hermanos.
El Dios Único de nuestra esperanza sostenida en los brazos de María dónde el Dios de la Vida se hizo carne.
En la desesperación y el dolor muchas veces culpamos a Dios de nuestros males. ¿Porqué Dios mío, porqué? ¿Porqué a mi esta enfermedad? ¿Porqué a mi esta desgracia?.
¿Porqué tanto dolor, porqué? ¿Porqué ese sufrimiento para el que demasiadas veces nos quedamos sin respuesta? ¿Porqué esa soledad de nuestros miedos, la angustia con que la muerte aleja a quienes les resulta insoportable el sufrimiento?
Es la misma angustia que ante la Pasión y la Muerte de Jesús hace exclamar al alma conmovida: “Por fin ya descansó”
¿Qué vale la vida de los hombres para que el Hijo de Dios llegue a morir así?
¿Pero qué Dios es este que ni de su propio Hijo se compadece?
Arimatea, Nicodemus y Juan toman al Cristo de la Caridad entre sus brazos, parecen trasladarlo al Santo Sepulcro. El acólito inciensa al Señor.
Cuarteto Canticorum: SEÑOR ME CANSA LA VIDA. J.A. García
Señor, me cansa la vida, tengo la garganta ronca
de gritar sobre los mares, la voz de la mar, me absorta,
Señor, me cansa la vida, y el Universo me ahoga,
Señor, me dejaste solo, solo, con el mar a solas.
¡Oh! Tú y yo jugando estamos al escondite, Señor,
¡Oh! la voz con que te llamo, es tu voz.
Por todas partes busco, sin encontrar jamás.
Y en todas partes encuentro, sólo por irte a buscar.
NARRADOR:
Antes de colocarlo definitivamente en el sepulcro, el cuerpo de Jesús es depositado en los brazos de su madre. Ni ella entendería que pudiera estar muerto, tan dormido quien le dijo a Marta que él era la Resurrección y la Vida.
En la soledad de la ausencia increíble, cuando todavía no nos creemos que se haya marchado para siempre quien permanecerá tan vivo entre los recuerdos, es la misma voz de Dios la que parece oírse de nuevo llamando a MARIA desde el cuerpo muerto de su hijo, como un recuerdo, un silencio que grita entre sus brazos.
Cuarteto Canticorum: CHRISTUS FACTUS EST.
Christus, Christus factus est,
Christus factus est, factus est,
pro nobis.
Obediens, obediens,
usque ad morten, obediens.
Christis, Christus factus est,
Christus factus est, factus est,
pro nobis.
Usquue ad morten, usque ad morten,
morten, morten, crucis,
morten, crucis.
El acólito y el muñidor se retiran, le siguen el narrador y el resto de los personajes.